La decapitación, pena “suave” si se realizaba con habilidad, se reservaba exclusivamente para condenados nobles o personas importantes. Los plebeyos eran ejecutados –y estamos hablando únicamente de esas ejecuciones que no preveían intencionadamente métodos dolorosos– con procedimientos que causaban agonías prolongadas. El más corriente de éstos era, y sigue siendo, el ahorcamiento común, en el cual la víctima es izada y dejada estrangular (al contrario que el llamado “a la inglesa”, que hace caer a la víctima con el lazo al cuello para fracturar las vértebras cervicales y la médula espinal, la mayoría de las veces).
Una cabeza cortada con un tajo rápido y certero es plenamente consciente de
su suerte mientras rueda por el suelo o cae al cesto. La percepción sólo se
pierde después de algunos segundos.